Puerta

viernes, 17 de enero de 2014

La Puerta
El temblor dejó atrás la ceguera
Nívea y dolorosa,
Y el sabor a barro y miel me hirió la boca
Con el aliento de alguna parca desconocida,
Las náuseas cesaron y quedé sembrado en la tierra
Allá abajo, con dos óbolos para mi viaje,
Y todo lo que hasta entonces no había visto
Con mis ojos mortales,
La oscuridad lo coloreó de intensa verdad,
Estaba muerto antes y ahora la vida
Se anunciaba como un Dios olvidado
Abriendo la puerta una vez sellada.
La joven Diosa, blanca como un lirio, abría sus puertas,
Mientras su madre, vieja y oscura, se convertía en esperanza,
No mires hacia atrás, me dijo la vieja Diosa,
No vuelvas tu rostro lloroso o se evaporará,
Y huye con el amor a cuestas,
Huye de estos vapores inciertos, de estas sombras,
Huye con esta Verdad,
Y me dio unas espigas de centeno
Tres semillas de granada
Y un manojo de oscuras y mohosas plantas.
Toma la mano del amor, pero no lo mires
Hasta que veas al sol en lo alto, frente a ti.
Pero al cerrar la puerta la joven Diosa,
Mis ojos habituales se abrieron,
Tan mortales, llenos de tiempo, dudaron
Y miré atrás, a mi amor, que era ahora vapor y humo,
Quedándome su calor húmedo en mi mano
La herida más honda en el corazón,
Y un manojo de oscuras plantas en mi otra mano,
Lloré por días y noches, tal por vez siglos
Anduve sin vida alguna,
Ahora en un cuenco cocino las oscuras plantas,
Destilo la esencia de ese Dios que se anunciaba
Como vida y que nunca llegó,
Abro los misterios de la puerta olvidada
Para saber si abren la puerta del inframundo
Y reencontrar la sombra de ese amor perdido
O en mi regreso perderme de una vez a mí mismo
Entre sombras, vapores y humo.


Orfeo Chagall

 
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