Ciudad

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Vivo en un país sangrante,
una tierra con hemorragia
y un silente luto que no le bastan
los agudos ayayays de las mujeres
ni los gritos roncos y sordos de los hombres.
Una ciudad cubierta por un manto
de oscura sinrazón.
Un dios del miedo acampando
en la boca de los jóvenes
que disparan sus palabras violentas
y sus balas caníbales de odios ancestrales.
Y más allá al fondo, donde el sol muere,
arrastran un cuerpo, un nombre olvidado
de esos que suenan a excluidos
de los que bailan esos ritmos epilépticos
y toman licor más para olvidar el dolor
que para reconocer el placer,
intoxicados, idos y negados.
Un cuerpo-ciudad
un cuerpo-tiempo-sangre,
un cuerpo sin rezos ni edades,
un cuerpo de caballos de metal,
un cuerpo que es olvidado en un rincón
mientras se amontonan otros, otros y otros
una pira funeraria, un holocausto en homenaje
al nuevo triple dios: un político gobernarte,
una sociedad aviesa y su hijo
los hombres más cobardes e indiferentes
que deambulan entre sus ruinas y soledades.



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